TEMA DE PORTADA
// Timothy Garton Ash
PORTADA LOS LIBROS
1989: el año en que todo cambió
En este ensayo y en otro que publicamos sobre las llamadas Revoluciones de Terciopelo, el historiador británico Timothy Garton Ash responde a los llamados para pensar, desde distintas disciplinas, acerca del impacto que tuvo para nuestro mundo el derribo, veinte años atrás, del Muro de Berlín
THE NEW YORK REVIEW OF BOOKS
Princeton University Press
1989: The Struggle to Create Post Cold War Europe
Mary Elise Sarotte
Modern Library
Uncivil Society: 1989 and the Implosion of the Communist Establishment
Stephen Kotkin, con ayuda de Jan T. Gross
C.H. Beck
Der Vorhang Geht Auf: Das Ende der Diktaturen in Osteuropa
Gyorgy Dalos
Scribner
The Year That Changed the World: The Untold Story Behind the Fall of the Berlin Wall
Michael Meyer
Odile Jacob
Histoire secrete de la chute du mur de Berlin
Michel Meyer
Pantheon
Revolution 1989: The Fall of the Soviet Empire
Victor Sebestyen
Oxford University Press
The Fall of the Berlin Wall: The Revolutionary Legacy of 1989
Editado por Jeffrey A. Engel
Farrar, Straus and Giroux
There Is No Freedom Without Bread! 1989 and the Civil War That Brought Down Communism
Constantine Pleshakov
Simon and Schuster
Tear Down This Wall: A City, a President, and the Speech That Ended the Cold War
Romesh Ratnesar
No es sorprendente que el vigésimo aniversario de 1989 venga a sumarle al ya sobrecargado estante de libros sobre el año que acabó con el breve siglo XX. Si extendemos “1989” para incluir la unificación de Alemania y la disgregación de la Unión Soviética en 1990-1991, deberíamos decir, más certeramente, los tres años que cerraron el siglo. Los libros aniversario incluyen: crónicas periodísticas retrospectivas con algunas visiones personales muy explícitas y detalles sorprendentes (Victor Sebestyen, Gyîrgy Dalos, Michael Meyer y Michel Meyer); ensayos vivaces con interpretaciones históricas
(Stephen Kotkin y Constantine Pleshakov) y trabajos académicos originales, cuyas fuentes están en los archivos escritos así como en la historia oral (Mary Elise Sarotte y el volumen editado por Jeffrey Engel). No los puedo reseñar individualmente. La mayoría agrega algo a lo que ya sabemos; algunos agregan bastante. No es una crítica hacia ninguno de estos autores si digo que al terminarlos sueño con otro libro: la historia global, sintetizada, sobre 1989, que aún está por escribirse.
En estos 20 años, lo más interesante que podemos encontrar ha salido de los archivos soviéticos, estadounidenses y alemanes, y en menor grado, de Europa Oriental, Gran Bretaña y Francia. Principalmente arrojan luz sobre las altas esferas políticas de 1989-1991. Así, por ejemplo, nos enteramos que el Politburó soviético ni siquiera discutió sobre Alemania el 9 de noviembre de 1989, el día que caería el muro de Berlín, sino que escuchó un reporte de pánico, de parte del Primer Ministro Nikolai Ryzhkov, sobre los preparativos para una secesión en los Estados bálticos y los posibles efectos sobre Ucrania y Rusia. “Me huele a colapso total,” dijo Ryzhkov. Es sorprendente leer lo que escribe en su diario Anatoly Chernyaev, el consejero de Mikhail Gorbachov, el 10 de noviembre de aquel año, sobre la excesiva bienvenida a la caída del Muro de Berlín: “Esto es lo que Gorbachov ha hecho… Ha sentido el paso de la Historia y ha ayudado a que la Historia encuentre su canal natural.”
Y es bochornoso para un inglés enterarse de la total falta de vergüenza con la que Margaret Thatcher parece haber traicionado sus promesas públicas hacia Alemania. “Las palabras escritas en el comunicado de la OTAN pueden sonar diferentes, pero no les hagan caso,” aparentemente le dijo a Gorbachov en septiembre de 1989, de acuerdo a una nota sobre su conversación preparada por Chernyaev. “Nosotros no queremos la unificación de Alemania” (Mary Elise Sarotte también obtuvo los archivos británicos de estas conversaciones gracias a la Ley de Libre Información Británica. Hace notar que “no contenía estos comentarios, pero estaba en la redacción”).
Hoy sabemos más de lo que pudimos conocer en el momento sobre estas áreas tradicionalmente documentadas de la alta política. Por contraste, hemos aprendido poco nuevo sobre las causas y la dinámica social de las masas, de las acciones populares que realmente le dieron un matiz de revolución, o una cadena de revoluciones, a 1989.
Pasé muchas horas de mi vida parado entre esas multitudes: en Varsovia, en Budapest, en Berlín y en Praga; el comportamiento era tan inspirador como misterioso. ¿Que había movido, individualmente, a estos hombres y mujeres a salir a las calles, especialmente en los primeros días, cuando no era evidente que era seguro hacerlo? ¿Que los había movido como masa? ¿Quién, en Praga, fue el primero en sacar unas llaves de su bolsillo, alzarlas en el aire y sacudirlas, una acción copiada por 300.000 personas más, que produjo el sonido más asombroso, como miles de campanas chinas? Historiadores tales como George Rude, con un estudio pionero, escribió sobre la multitud durante la Revolución Francesa; E.P. Thompson y Eric Hobsbawn intentaron comprender la dinámica subyacente de las protestas populares en períodos anteriores. Ciertamente es hora de que los historiadores contemporáneos, con mejores fuentes a su disposición (horas de televisión, video y radio, por ejemplo), tomen el reto de analizar 1989 desde abajo y no meramente desde arriba.
Cada escritor que escribe sobre 1989 lucha con la casi inevitable inclinación humana que los psicólogos denominan “sesgo retrospectivo”, la tendencia a mirar los resultados históricos reales como más probables que las alternativas que parecían reales en el momento (por ejemplo, medidas al estilo Tiananmen en Europa Central). Lo que realmente ocurrió parece como si tuviera que haber ocurrido. Henri Bergson habló de la “ilusión del determinismo retrospectivo”. Después se ofrecen las explicaciones para lo que ocurrió. Como comentaba un investigador unos años después de 1989: nadie previó esto, pero todo el mundo pudo explicarlo después.
Leyendo estos libros recordé de nuevo al filósofo polaco Leszek Kolakowski con “la ley de la cornucopia infinita”, que establece que un número infinito de explicaciones pueden encontrarse para cualquier evento. Una gran virtud del libro 1989 , de Mary Elise Sarotte, es que ella trata el problema retrospectivo explícitamente, y explora sistemáticamente los caminos no andados. Por ejemplo, nos recuerda lo cerca que Alemania Oriental estuvo de derramar sangre en Leipzig el 9 de octubre de 1989: las autoridades movilizaron a 8.000 hombres, incluyendo policías, soldados y Stasi; a los hospitales se les ordenó preparar camas para posibles víctimas. Y ella observa los modelos diplomáticos que se discutieron, pero no se ejecutaron, para moldear el nuevo orden europeo en 1990, incluyendo el de un sistema de seguridad paneuropeo, construido sobre la base de dos Estados alemanes separados.
Todo escritor tiene una inclinación profesional, geográfica o disciplinaria. Los periodistas, políticos, diplomáticos, historiadores, politólogos, transitólogos y estudiosos de los movimientos sociales, economistas, expertos en estudios sobre seguridad, resistencia civil, y relaciones internacionales, todos llegan a 1989 con su experiencia, metodología, marcos de referencia comparativos y argot particulares. Con frecuencia terminan diciendo más o menos lo mismo de diferentes maneras. El éxito tiene muchos padres y todos tienen uno favorito. A los polacos y los católicos les gusta resaltar el papel del Papa polaco, particularmente sus inspiradoras visitas a Polonia en 1979, 1983 y 1987. Los alemanes y los húngaros extraen la contribución de los comunistas reformistas húngaros que abrieron la Cortina de Hierro para que los alemanes orientales pudieran escapar a través de él (Michael Meyer, en un libro lleno de vivos recuerdos personales sobre eventos que presenció como corresponsal de Newsweek, llama esto la “historia no contada” de 1989; tal vez en inglés, porque en alemán ha sido contada muchas veces). Los rusólogos generalmente le dan el mayor crédito a Gorbachov. Los alemanes de izquierda respaldan la versión de la distensión, conocida como Ostpolitik; los norteamericanos de derecha hablan por Ronald Reagan (Romesh Ratnesar subtitula su indispensable libro A City, a President, and the Speech That Ended the Cold War , sobre el discurso de Reagan “tumbemos este muro” en 1987 en Berlín).
¿Erich Honecker y Bernie Maddoff?
No hay nada de malo en esa pluralidad de perspectivas. Cada uno ilustra una parte diferente del elefante, o enfoca la totalidad de la bestia de diferentes ángulos. Pero cuando un autor toma un solo elemento y dice que ésta es la explicación, la clave, sabes que está equivocado. Lamentablemente, Stephen Kotkin, un reconocido historiador de la Unión Soviética, cae en esta trampa cuando vuelca su atención hacia países que conoce menos. Uncivil Society contiene bastantes explicaciones históricas, carnosas e interesantes, sobre el fracaso del comunismo, pero lo echa a perder un argumento estridentemente revisionista, como sugiere el subtítulo del libro, de que 1989 fue poco menos que una “implosión de la clase dirigente comunista”. La clase dirigente del Estado-partido, o “la sociedad incivil” (en contraste con lo que identifica como la “sociedad civil”, imaginada o idealizada, celebrada por los intelectuales disidentes y occidentales de esa época), “acabó ella misma con su propio sistema”. Exceptuando a Polonia, “el enfoque sobre la oposición pertenece al mundo de la ficción”. Su polémica llega al pico con esta frase: “El régimen de la RDA (República Democrática Alemana) era un esquema Ponzi, que cayó debido a una estampida de los bancos”. Ahora bien, esta declaración pudiera funcionar como una provocación en un salón de clase, pero como una aseveración seria de un libro, es casi ridícula.
Es cierto que gracias a las exhaustivas investigaciones de historiadores tales como Andre Steiner y Jeffrey Kopstein ahora tenemos una comprensión más clara del nivel de la deuda en efectivo contante y sonante que tenía la RDA, y el impacto que esto tuvo sobre el liderazgo comunista en el otoño de 1989. Egon Krenz, al convertirse en el líder del partido y reemplazar a Erich Honecker, quien había escondido la seriedad del problema de la mayor parte de sus colegas y tal vez hasta de sí mismo, pidió un reporte honesto sobre la posición económica del país. Al final de octubre se le dijo que la RDA era “dependiente, al extremo más grande posible, del crédito capitalista”. Pero el Estado no es un banco, mucho menos un esquema Ponzi. Los Estados pueden vivir por largos períodos con grandes cargas de deudas. Simplemente no “se van a la bancarrota”. Y la RDA era un tipo particular de Estado: era la Zona Soviética de Ocupación convertida en un satélite de la Unión Soviética. Mientras ese superpoder, que disponía de armas nucleares, estaba preparado para cargar con el peso de sus Estados satélites, el Estado pudo haber seguido existiendo.
Pero Mikhail Gorbachov y sus consejeros decidieron que su mejor oportunidad de modernizar la Unión Soviética estaba en la cooperación económica, a gran escala, con la otra Alemania -la República Federal- y otros socios occidentales. Gorbachov sintió que no valía la pena arriesgar esa posibilidad respaldando la represión en la RDA. Si él, u otro líder soviético diferente, hubiese tomado otra decisión, la RDA podría haber sobrevivido muchos años, como un país miserable, endeudado, atrapado en la crisis, en primera fila de un imperio miserable, en crisis, pero no habría sido el primer caso de la historia.
La metáfora de la estampida bancaria, a la cual Kotkin regresa frecuentemente, muestra otros defectos de esta tesis. En una estampida bancaria, una masa de individuos, actuando en pánico de manera totalmente descoordinada, corren al banco a buscar sus depósitos personales. No tienen otro propósito. No tienen organización. No articulan visión alguna de una banca mejor, mucho menos de un sistema bancario diferente dentro de una unidad política alternativa. Aparentemente esto es lo que Kotkin quiere discutir. Siempre haciendo la excepción del caso polaco, ve a las masas que salieron a las calles en 1989 solo como un caso de “movilización social ausente de correspondiente organización social”.
Y así, al referirse al veloz desarrollo de la Revolución de Terciopelo de Checoslovaquia a través de manifestaciones masivas hasta llegar a un paro nacional general, escribe que “nada de esto estuvo inspirado ni dirigido por disidentes ni por el Foro Cívico, que se abolió poco después de 1989”. Así que la huelga general se convocó ella misma. Cuando 300.000 personas cantaron en la Plaza Wenceslao “Havel na hrad!” -“Havel al Castillo!''- esto no quería decir que la biografía, la personalidad o el liderazgo altamente visible de Vaclav Havel tuviera algo que ver con todo esto. Porque esto sólo era otra “implosión” del liderazgo comunista establecido. Para cualquiera que estuvo allí, o que simplemente lee cuidadosamente los reportes de los historiadores checos y occidentales que han estudiado la Revolución de Terciopelo en detalle, este alegato es tan insostenible como el del esquema Ponzi. Esto es revisionismo en zancos.
El punto sobre tales momentos de movilización popular y resistencia civil es que, dadas ciertas condiciones preexistentes (incluso lo que pueden ser pequeños grupos opositores y prisioneros políticos aislados como Havel o Aung San Suu Kyi), formas de organización social como el Foro Cívico -improvisadas, frecuentemente caóticas, pero en todo caso, organizaciones al fin- pueden emerger con velocidad extraordinaria. Este es un fenómeno que los historiadores de 1989 deberían estudiar más profundamente, no negar. Afirmar que la agenda popular y opositora de Europa centro-oriental no tuvo nada que ver con el resultado es tan absurdo como sería afirmar que “el pueblo” solo tumbó al comunismo y a un imperio que disponía de armas nucleares. Como en todo proceso histórico, agencia y estructura deben entenderse en una interrelación compleja.
Los matices esenciales
En realidad, la esencia de 1989 recae en las múltiples interacciones, no las de una sola sociedad y Estado-partido, sino de muchas sociedades y Estados, en una serie de juegos de ajedrez interconectados en tres dimensiones. Mientras que la Revolución Francesa de 1789 siempre tuvo dimensiones y repercusiones extranjeras, y se convirtió en un evento internacional con las guerras revolucionarias, se originó como un desarrollo doméstico, en un único e inmenso país. La revolución europea de 1989 fue, desde el inicio, un evento internacional, y cuando digo internacional, no sólo me refiero a las relaciones diplomáticas entre los Estados, sino también en las interacciones de ambos Estados y sociedades más allá de las fronteras. Así que las líneas causales incluyen la influencia de Estados específicos sobre sus propias sociedades, de las sociedades sobre sus propios Estados, de los Estados sobre otros Estados, de las sociedades sobre otras sociedades, de los Estados sobre otras sociedades (por ejemplo, el impacto directo de Gorbachov sobre los europeos de Europa Central), y sociedades sobre otros Estados (por ejemplo, el efecto de golpe de las protestas populares en Europa centro-oriental sobre la Unión Soviética).
Estas nociones híbridas de Estado y sociedad deben disociarse en grupos, facciones e individuos, incluyendo actores individuales tales como el Papa Juan Pablo II. El fin del comunismo en Europa trajo la realización más paradójica del sueño del comunista. La Polonia de 1980-1981 vio la revolución de los trabajadores, pero fue contra el llamado Estado de los trabajadores. Los comunistas soñaban que el internacionalismo del proletariado esparciera la revolución de país en país; en 1989-1991, la revolución finalmente se esparció de país en país, con el efecto de desmantelar el comunismo. Pero es más una historia de consecuencias no intencionales y de acciones deliberadas, y ni entremos en el tema de la necesidad histórica.
Así que lo que pasó en 1989 sólo puede entenderse basándonos en una reconstrucción cronológica, escrupulosa y detallada de efectos intencionales y no intencionales, en múltiples direcciones, en múltiples escenarios, día tras día, y a veces, como la noche del 9 de noviembre en Berlín, minuto a minuto. Las transmisiones fidedignas, o no, de los eventos, especialmente por la televisión, son parte vital de la cadena causal. Cuando un presentador confiable, ancla de la noticias de las 10:30 pm en la televisión de Alemania Oriental, declaró que “las rejas del Muro están abiertas de par en par,” y no estaban aún abiertas de par en par, esta información ayudó a abrirlas, ya que aumentó el creciente número de berlineses orientales (que veían y tenían la inclinación de creerle a la televisión de Alemania Oriental) que se dirigieron a la frontera para cruzar al Occidente; y de las multitudes de berlineses occidentales que fueron a recibirlos del otro lado.
Un reporte, errado, en Radio Free Europe, que decía que durante la supresión de la manifestación estudiantil en Praga el 17 de noviembre de 1989 había muerto un estudiante de nombre Martin Smid, ayudó a incrementar las multitudes que protestaban los primeros días de la Revolución de Terciopelo en Checoslovaquia (en lo que a mí me parece lo mejor, y ciertamente lo más entretenido, de las crónicas retrospectivas, Gyîrgy Dalos cuenta cómo el estudiante llegó a casa la siguiente noche, donde su padre, en un estado de agitación, le dijo que lo reportaban como muerto).
Un modelo del análisis pulido y multinacional que necesitamos es el trabajo de un investigador de Harvard, Mark Kramer, sobre las relaciones soviéticas con Europa Oriental, publicadas hasta ahora sólo en una serie de artículos especializados, papeles de investigación y capítulos de libros. Basando su trabajo en profundas excavaciones de los archivos soviéticos y de Europa oriental, además de una amplia gama de recursos publicados, Kramer demuestra lo intrínseco de la interacción entre el centro imperial y la periferia. Concluye que lo que él llama el “derrame” entre 1986 y 1988 fue principalmente desde la Unión Soviética hacia Europa oriental; en ambas direcciones en 1989, y principalmente de regreso, desde Europa oriental hacia la Unión Soviética, en 1990-1991, cuando los Estados balcánicos, Ucrania y eventualmente la propia Rusia, se envalentonaron para seguir el ejemplo de auto liberación de Europa centro-oriental.
Si los principales editores académicos no están buscando ya a Kramer para convertir su trabajo en un libro, deberían empezar a hacerlo ahora. A pesar de la importancia de la interacción soviética con Europa oriental, eso fue sólo parte de un escenario internacional más amplio. Durante la primera mitad de 1989, la administración recién instalada de George H. W. Bush fue extremadamente reticente en su respuesta, tanto a Gorbachov como a los cambios impulsados por la combinación de comunistas reformistas y disidentes en Polonia y Hungría. Lo que hemos encontrado en los archivos soviéticos y de Europa oriental confirma que la evaluación de Washington era, en realidad, demasiado escéptica (en uno de varios excelentes ensayos del volumen editado por Jeffrey Engel, Melvyn P. Leffler dice que el Secretario de Defensa Dick Cheney sugirió que las políticas de Gorbachov “pueden ser una aberración temporal en el comportamiento de nuestro principal adversario”). Bush tampoco le dio mucho peso a los disidentes barbudos que parecían egresados de Berkeley en los años 60.
El desconcierto de los gigantes
Víctor Sebestyen, en un libro lleno de retratose historias, tiene un recuento bien documentado sobre la reunión del presidente con el principal disidente húngaro, Janos Kis, en Budapest en julio de 1989, tras lo cual le dijo a sus asistentes: “Realmente estos no son los tipos indicados para dirigir esto”. Mejor quedarse con un comunista reformista tradicional. Pero a pesar de que la actitud de cautela de Washington fue el resultado de una evaluación errada, esta era, en realidad, la mejor posición que pudieran haber tomado. Esta vez, a diferencia de 1956, nadie en Moscú podía sugerir, ni un poco, la posibilidad de que Estados Unidos estuviera meneando la olla en Europa oriental. Por el contrario, Bush personalmente instó al general Wojciech Jaruzelski a lanzar su candidatura a la presidencia, y le obsesionaba la idea de poder hacer algo que desviara a Gorbachov.
Sarotte sugiere que el freno norteamericano le facilitó también las cosas a la Unión Soviética, para que pudiera tomar distancia y dejar que los eventos sucedieran en el territorio de Europa centro-oriental. Con un poco de exageración, uno puede decir que a Washington le salió bien porque lo hizo mal. Pero hay que darle crédito a quien lo merece: en los últimos meses de 1989, especialmente tras la caída del Muro, y durante todo 1990, la superabundancia inicial de cautela se convirtió en una combinación de moderación totalmente deliberada (“no bailen en el Muro” era la frase escuchada en los corredores de la Casa Blanca y el Departamento de Estado) y un trabajo de estadista muy impresionante de Helmut Kohl, en su determinación de unificar a Alemania en términos occidentales. Pero durante los nueve meses decisivos, desde el comienzo de las discusiones de mesa redonda en Polonia, en febrero, hasta la caída del Muro en noviembre, la contribución de Estados Unidos consistió principalmente en lo que no hizo.
Eso es aún más cierto con respecto al otro superpoder. Kramer sostiene que en varios momentos Gorbachov empujó suavemente a los líderes comunistas de Europa Oriental en la dirección de un cambio más audaz. Pero en su mayor parte, su contribución crucial fue aceptar los cambios que ocurrían en la periferia del imperio externo de la Unión Soviética, en vez de tratar de desacelerar o revertirlos.
Cuando Helmut Kohl le preguntó que pensaba de la decisión de los húngaros de abrir la Cortina de Hierro hacia Austria, respondió: “Los húngaros son gente buena”. Otro ejemplo ilustrador viene de Polonia en agosto de 1989, en el momento cuando el consejero de Solidaridad, Tadeusz Mazowiecki, trataba de formar un gobierno dirigido y moldeado por personas no comunistas. El último líder del partido comunista de Polonia, Mieczysaw Rakowski, escribe en su diario una conversación telefónica con Gorbachov: “Cuando dije que uno no podía alterar la situación con la ayuda del estado de emergencia, G. dijo que una nueva variante de la ley marcial (stan wojenny , el término polaco para la ley marcial impuesta por el general Jaruzelski en diciembre de 1981) es imposible, y aunque fuese muy preocupante, tendríamos que salir de esta situación sin recurrir a tales medios”. Y el día después de la ruptura popular espontánea y no planificada del Muro de Berlín, el último líder del partido comunista de Alemania Oriental, Egon Krenz, recibió un mensaje de Gorbachov, a través del embajador soviético en Berlín Oriental. Según recuerda Krenz, el líder soviético lo felicitó por “un paso valiente”. Como observó el escritor alemán Hans Magnus Enzensberger, era un ejemplo del nuevo tipo de héroe: el héroe de la retirada. Pero la actitud relajada de Gorbachov se basaba en una interpretación más profundamente equivocada que la de Bush. Creyó equivocadamente que tales cambios se detendrían en la frontera de la Unión Soviética, lo que él veía como un país, no como un imperio interno. En cambio, Kramer demuestra que los cambios revolucionarios de Europa centro-oriental contribuyeron directamente a la disolución de la Unión Soviética misma.
Robert Conquest, el historiador del Gran Terror Soviético y de la hambruna en Ucrania, le preguntó a Gorbachov muchos años más tarde si él hubiese actuado igual de haber sabido adónde iba todo eso. Él respondió: “Probablemente no”. Tal vez es característico de los superpoderes que creen que están haciendo Historia. Los grandes eventos deben hacerlos los grandes poderes. Pero en los nueve meses que culminaron con el nacimiento del nuevo mundo, de febrero a noviembre de 1989, Estados Unidos y la Unión Soviética fueron parteras pasivas. Hicieron Historia con lo que no hicieron. Y ambos gigantes se quedaron atrás, en parte porque subestimaron el significado de las cosas que hacían las pequeñas personas en los pequeños países. China también jugó un papel importante. La masacre de la Plaza Tiananmen ocurrió el mismo dia en que Polonia logró unas elecciones semi libres, 4 de junio de 1989. Nunca olvidaré ver en la pantalla de televisión de las oficinas improvisadas del diario de oposición polaco, Gazeta Wyborcza , entre la algarabía del día electoral en Polonia, las primeras imágenes de los muertos y heridos durante la protesta de la Plaza Tiananmen.Tiananmen también ocurrió en Europa, en el sentido de que tanto la oposición como los líderes comunistas de la reforma vieron que se podía llegar a una confrontación violenta, y redoblaron sus esfuerzos para evitarla. Para decirlo de otra manera, el hecho de que Tiananmen ocurrió en China fue una de las razones de que no ocurrió en Europa. Sin embargo, la influencia luego fluyó en la otra dirección: desde la Unión Soviética y Europa oriental hacia China. Como han documentado David Shambaugh y otros, el Partido Comunista Chino estudió sistemáticamente las lecciones del colapso del comunismo en Europa, para asegurarse de que no le ocurriera a él. La China de hoy es el resultado de ese proceso de aprendizaje.
El año de 1989 fue uno de los mejores de la historia de Europa. De hecho, me cuesta pensar en otro mejor. También fue un año donde el mundo miró hacia Europa, específicamente a Europa central, y en el momento crucial a Berlín. La historia del mundo -usando el término en un sentido casi hegeliano- se hizo en el corazón del viejo continente, muy cerca de la vieja universidad de Hegel, ahora llamada la Universidad Humboldt. Veinte años más tarde, estoy tentado a especular (mientras sigo trabajando con otros europeos en una tarea para probar que estoy equivocado) que esta también puede haber sido la última ocasión -al menos por un largo tiempo- para que la historia mundial se hiciera en Europa. Hoy, la historia mundial se hace en otra parte.
Ahora hay un Café Weltgeist en la Universidad Humboldt pero el Weltgeist mismo ha seguido su camino. Del largo papel protagónico que Europa tuvo en el escenario mundial, las generaciones futuras podrían decir: “Lo que más le convenía era dejarlo”. En todo caso, las consecuencias a largo plazo de 1989 sólo comienzan a emerger ahora. Ellas también pertenecen a la historia sintética global de 1989 que en parte, por esta razón, no pudieron escribirse antes. Pero tras dos décadas ha llegado el momento para que los jóvenes historiadores brillantes, a gusto en muchos idiomas, capaces de empatizar tanto con los gobernantes en el poder como con los llamados ciudadanos comunes; o un escritor distinguido, con algunas obligaciones de profesor a pesar de su retiro, bien pagado para hacer investigaciones extensas en varios continentes, comiencen a escribir esta obra maestra necesaria, casi imposible; una especie de Gesamtkunstwerk<(i> wagneriana de la historia moderna. Con suerte, él o ella la tendrán lista para el 30 aniversario, en 2019.
-----------------------
Historiador del presente
Timothy Garton Ash, un conocido historiador contemporáneo con presencia en muchos medios occidentales y un enorme conocimiento de la historia reciente de Alemania y el este de Europa, es profesor de estudios Europeos y profesor asociado “Isaiah Berlin” en St. Antony's College, Oxford, y es profesor titular del Hoover Institution, Stanford. Sus libros incluyen Facts Are Subversive: Political Writing from a Decade Without a Name y como editor (con Adam Roberts), Civil Resistance and Power Politics: The Experience of Non-Violent Action from Gandhi to the Present . Dos de sus libros han sido traducidos al castellano y distribuidos en Venezuela, ambos editados por Tusquets: Historia del presente y el más reciente Mundo libre .
Taurus publicó un magnífico libro sobre el último medio siglo de historia europea, Posguerra , en el que Tony Judt revela cómo el continente devastado por la Segunda Guerra Mundial atravesó las cuatro décadas de la Guerra Fría hasta llegar al fin del comunismo, que aquí se narra con particular precisión y brillantez. Otro libro muy útil para estudiar la estructura de las revoluciones, digamos, tradicionales –la Francesa, la Rusa, las fallidas de 1848 y la Comuna de París de 1871- es Las revoluciones, 1789-1917 , de Allan Todd (Alianza Editorial).
En Esta Edición...