TEMA DE PORTADA
// Anne Applebaum
PORTADA
El dios de la guerra que ensayó el Holocausto
Un libro de James Palmer recupera del olvido la terrible historia del barón Ungern, un caudillo ruso blanco que creó un reino de horror en Mongolia, como un coronel Kurtz en la llanura helada
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The Bloody White Baron: The Extraordinary Story of the Russian Nobleman Who Became the Last Khan of Mongolia
James Palmer
Tal como si fuera una reencarnación contemporánea de Adela Quest, la heroína de Passage to India , de E. M. Forster, James Palmer se sintió al mismo tiempo atraído y repugnado en su primer encuentro con los grotescos dioses de madera de Mongolia Interior: “Entré al santuario de un dios truculento, cuya sonrisa mostraba unos colmillos afilados y su cabeza estaba adornada con calaveras. No estaba seguro de cuál dios era, ya que el panteón que heredaron los mongoles de los tibetanos está repleto de tales figuras. En una pequeña habitación oscura, llena de incienso encendido y otras gárgolas amenazantes, parecía capaz de animarse de manera horrible; sentí que podía lamerse los labios en cualquier momento. Una pareja rural de mongoles estaba arrodillada en el piso delante de él, cantando y reverenciando; trajeron naranjas para alimentar al dios y dinero para sobornarlo. Aun después que los peregrinos se fueron no quise pararme frente a esa cosa, mucho menos examinarlo de cerca; fue la primera vez en que pude sentir concretamente el significado de la palabra ‘ídolo’.”
Aunque fue “criado como anglicano”, lo cual le quita casi todo el temor a la religión, “ese pequeño templo lleno de sombras, con ecos de cánticos lejanos”, le originó un sobrecogimiento religioso a Palmer. Afuera compró naranjas y palitos de incienso y volvió a entrar. Posó el incienso delante del dios más espantoso y dejó las naranjas y un billete de cinco yuan a sus pies. “Después de todo, es mejor prevenir que lamentar.”
Este cuento, como casi todas las demás historias personales en este extraordinario libro de Palmer, no está allí por accidente: lo usa para darle al lector un asomo de lo que lo intrigó, espantó y atrajo, originalmente, para escribir sobre uno de los capítulos más sangrientos de la historia de Mongolia. También ayuda a explicar los motivos para el tema de su historia, el Barón Ungern-Sternberg, un ruso blanco fanático que aterrorizó brevemente la región a principios de los años 20 del siglo pasado: “Un templo como este, con su atmósfera cerrada y aterradora, ciertamente habría tenido una impresión profunda y duradera sobre Ungern. No había llegado como tabula rasa —era un hombre cruel y despiadado mucho antes de llegar a Mongolia— pero las imágenes del budismo mongol, filtradas desde la perspectiva del igualmente engorroso mundo del misticismo ruso y su fascinación por el ‘oriente’, formaron sus pensamientos y sus acciones.”
De hecho, eventualmente el barón llegó a considerarse a si mismo no sólo como el “último khan de Mongolia”, sino como uno de los dioses mismos. La historia de su evolución desde el ruso noble, venido a menos, rechazado y desbancado, hasta lograr ser miembro del panteón de Mongolia, es tema central del drama del libro de Palmer. Y la palabra correcta es drama: aunque The Bloody White Baron: The Extraordinary Story of the Russian Nobleman Who Became the Last Khan of Mongolia es un trabajo histórico, basado en archivos y memorias, también se parece, en estilo y tema, al clásico libro de viaje británico para Asia Central, desde The Road to Oxiana de Robert Byron y Eastern Approaches de Fitzroy Maclean, hasta The Silk Road de Colin Thubron, sin mencionar la ficción de Rudyard Kipling de esa misma región.
Palmer comparte la misma inclinación de esos escritores por las anécdotas irónicas. Más exactamente, comparte su fascinación con las cosas extraordinarias que pueden ocurrir cuando europeos impresionables, y fácilmente desencajados, se encuentran con culturas milenarias de Asia Central.
Nacido para matar
Se dice que, de joven, Freiherr Roman Nikolai Maximilian von Ungern-Sternberg no mostró ninguna señal de ser remotamente extraordinario. Nació en Graz, Austria, en una familia descendiente de los Caballeros Teutónicos, la orden monástica alemana que conquistó la costa del Báltico en la Edad Media. Al momento de su nacimiento en 1885, la nobleza báltica alemana se había integrado completamente a la aristocracia rusa.
Probablemente hablaba alemán en su casa de Estonia, y Ungern creció hablando perfectamente francés y ruso, y , como otros nobles rusos, usaba un patronímico. Un niño nefasto y violento, fue expulsado primero del liceo en Reval (ahora Tallin), luego de la Academia Marina en San Petesburgo. Luego, también lo expulsarían de su regimiento, por un duelo. Gran parte de su carrera la pasó en los márgenes externos del imperio, en guarniciones oscuras de Asia Central, donde lo único que se podía hacer era beber, practicar y hacer carreras de caballos, en compañía casi exclusiva de otros hombres igualmente aburridos y borrachos. En esos sitios, hasta los prostíbulos podían quedar a varios días de distancia a caballo.
En un momento anterior de la historia imperial de Rusia, Ungern tal vez habría culminado en total oscuridad, apostando su fortuna en el juego como tantos otros aristócratas fallidos, o emborrachándose hasta morir en las barracas. Pero pasó de una adolescencia huraña hacia una adultez huraña, justo cuando las grietas del imperio empezaban a ser evidentes. Lo marcó profundamente la revolución de 1905, cuando los campesinos estonianos que trabajaban en las propiedades de sus padres rompieron las ventanas, los muebles y quemaron varias casas. Ungern, indignado por el comportamiento de gente hacia la cual ya sentía desdén por su inferioridad, la describió como animales silvestres, “rudos, maleducados, salvajes y constantemente iracundos, odian a todo el mundo y a todo sin entender porqué”.
No podía aceptar que los campesinos maltratados por sus familiares durante siglos pudieran tener quejas genuinas. Por el contrario, decía que los judíos y los revolucionarios los habían llevado por el mal camino, gente que traería “hambruna, destrucción y muerte a la cultura, a la gloria, al honor y al espíritu” de la santa madre Rusia. Como su contemporáneo, Adolf Hitler, era un forastero, un hombre en la frontera de un gran imperio, falla que compensó siendo un ruso más chauvinista que muchos moscovitas.
Junto a otros de su generación –incluyendo de nuevo a Hitler— a Ungern también lo marcó profundamente, una década más tarde, la experiencia de pelear en la Primera Guerra Mundial. La brutalidad, la pérdida repentina de las normas sociales, la destrucción mecanizada, todo esto le calzaba muy bien. El general Petr Vragel, quien luego se convertiría en uno de los líderes blancos más importantes durante la Guerra Civil en Rusia, conoció a Ungern durante este tiempo y lo describió de la siguiente manera: “La guerra era su elemento natural. No era un oficial en el sentido elemental, no conocía nada del sistema, le volteaba los ojos a la disciplina e ignoraba lo más rudimentario de la decencia y el decoro… Era sucio y se vestía desordenadamente, dormía en el piso con sus cosacos y los molestaba. Cuando lo promovieron a un ambiente civilizado su falta de refinamiento externo lo hacía conspicuo”.
Peleando en el este de Prusia, en Carpatia, y en el frente casi olvidado entre Turquía y Rusia, se ganó una reputación de crueldad y de temeridad. Al terminar la guerra y comenzar la revolución, al abdicar el zar, estaba bien preparado para seguir luchando. Parece, de hecho, que no estaba preparado para ningún otro tipo de vida.
La siniestra ayuda de la charlatanería
Por supuesto que Ungern no era único entre los oficiales blancos, ni en su brutalidad ni en su odio por los judíos y los revolucionarios. Sin embargo era inusual en su susceptibilidad hacia el misticismo. Criado como luterano, desde la infancia estuvo rodeado por la ortodoxia rusa, un credo mucho más místico. De joven también estuvo expuesto a las enrevesadas teorías teofísicas de Madame Blavatsky, una charlatana que sermoneaba una versión inventada del “hinduismo” y era popularmente divertida en los salones aristocráticos de finales de la Rusia zarista.
El final del imperio llegó con un afloramiento del interés en lo oculto, en pronósticos, en predicciones de fin de mundo y en la comunicación con los espíritus de los muertos. También fue la era de los Protocolos de los Sabios de Zion , un texto falso que intentaba describir una enorme conspiración judía y un plan para dominar al mundo.
También estaba en el aire la crítica de Nietzsche a la decadencia judeocristiana junto con La decadencia de Occidente , de Spengler. Ungern, con su inclinación hacia la violencia, su paranoia natural y su afición por las teorías conspirativas, se inspiró en todo esto.
Lo que selló su locura religiosa -o así lo cree Palmer- fue su encuentro con los místicos orientales que conoció en sus años en Siberia oriental. A pesar de su relación con el budismo tibetano, el budismo mongol era, en ese momento, un credo que giraba casi totalmente alrededor del sacrificio y de elaborados intentos de congraciarse con dioses iracundos e inmisericordes.
Mientras las leyendas tibetanas hablan de los santos budistas que persuadieron a los demonios y espíritus locales para que se convirtieran a su fe superior, la versión mongola incluía dioses locales que no se habían convertido aún y no se podían venerar, pero que había que aplacar. Sus caras eran terribles, no pacíficas: “Cabezas cortadas y pieles desgarradas, cuerpos desecados que sembraban jardines de sangre, ojos descolgados de sus cuencas, huesos salidos de extremidades magulladas”.
Violento desde su infancia, pareciera que a Ungern estas imágenes -que eventualmente recrearía en la realidad- lo terminaron de empujar hacia el abismo. También pudo haberse sentido anonadado por un mito local que hablaba de “un dios blanco” o un “Iván del norte” que vendría a salvar a la gente de Mongolia de sus amos chinos, un Superman, en otras palabras, venido a rescatar una cultura en descomposición.
A veces parecía que realmente se creía ser el cumplimiento de una profecía (tal como el héroe de The Man Who Would Be King , de Kipling, representado brillantemente por Sean Connery en la versión fílmica, que llega a imaginarse a sí mismo como la reencarnación genuina de Alejandro el Grande). Eventualmente Ungern se rodearía de una ristra de curanderos y hablaría de crear un poderoso reino nuevo de Asia Central: mongol, buriat, tibetano, uighurthat, que pudiera enfrentarse a los bolcheviques y pelear contra la decadencia occidental, eliminar a los judíos y reconquistar Europa en nombre de los antiguos valores imperiales.
La estepa infernal
Cualesquiera fueran sus motivaciones psicológicas o místicas, el ascenso al poder de Ungern estuvo acompañado de una vasta ola de tortura y asesinato espantosamente real. Efectivamente varado por la revolución rusa de 1917, llegó hasta Siberia, donde los antiguos oficiales del ejército zarista planificaban luchar por el nuevo y poderoso Ejército Rojo.
Tras una ruptura con los generales blancos que lideraban la Resistencia -sus políticas eran demasiado reaccionarias hasta para ellos- viajó más hacia el este, hasta Dauria, el pueblo de su primera guarnición, en la frontera con Manchuria. Allí, comenzó a reclutar no sólo a soldados rusos y cosacos que se escaparon de los bolcheviques, sino tropas mongolas, tibetanas y buriatas que sólo recientemente habían sido liberadas de la dominación china. Durante los próximos dos años haría de esos hombres fieles seguidores, creando una “polis casi medieval” en la región, una especie de imperio en la fortaleza de las estepas.
Al principio, Ungern le ofreció a sus seguidores muchos beneficios, de los que el más notorio fue la oportunidad de robarle a los múltiples viajeros que tenían que pasar por Dauria de paso hacia el este o el oeste. Personalmente se encargó de asesinar a cualquiera que él pensara fuera un bolchevique o un judío.
Con el pasar del tiempo otros líderes blancos empezaron a usar la alejada guarnición en Dauria como su campo de ejecución, confiando en el barón para despacharse a los prisioneros comunistas de manera rápida. En algún punto, Ungern lanzó tantos cadáveres a un río local que los campesinos se quejaron de haberlo contaminado y los oficiales tuvieron que quemarlos.
Pero la culminación de la locura de Ungern aún estaba por llegar. En el verano de 1920, probablemente presionado por el Ejército Rojo, cruzó con sus hombres la frontera de Mongolia e invadió y ocupó exitosamente Ulan Bator, sacando finalmente a los mongoles de la dominación china. Al fin, podría darle rienda suelta sus fantasías sádicas, imperialistas y casi religiosas.
Durante su breve reinado como “khan” de Mongolia, vestido con un atuendo nativo, Ungern liberó al lama budista local de su arresto domiciliario impuesto por los chinos, y viajó por el país en un Fiat, tocando corneta locamente. Para mantener la disciplina, escribió un oficial, inventó un truculento sistema de penalidades, en el que cien azotes con una rama de bambú eran sólo el “recordatorio leve” y el castigo verdadero implicaba ser golpeado hasta la muerte.
Tenía una rara fijación con los árboles: forzaba a los no creyentes a permanecer en el tope de un árbol en noches heladas hasta que se cayeran y les disparaban, o se morían por la exposición al frío. Alternativamente amarraba prisioneros de los árboles y les prendía fuego. Dejó hombres varados en el medio de ríos congelados para que los lobos los devoraran; enterró “comunistas” aún con vida y crucificó a sospechosos de traición con clavos oxidados.
También inspiraba a los oficiales a su alrededor a competir entre ellos para inventarse otros tipos de castigo bizarro. Como los nazis que, una generación más tarde, perderían todo sentido de moralidad al entrar en lo que consideraban el “este” salvaje, los rusos se comportaron en Mongolia mucho peor que los soldados blancos y los oficiales más al oeste.
Afuera de la “civilización”, en esta tierra de dioses sangrientos y vengativos, cualquier cosa era posible. Luego, los rusos se justificarían murmurando sobre la “locura de la guerra” o refiriéndose vagamente a la “atmósfera” del lugar. Por parte de su líder, el hombre que ahora se conocía en todas partes como el Barón Sangriento justificó este comportamiento, tanto en el momento como después, de manera muy directa: como reencarnación del dios de la guerra, tenía amplia licencia para hacer lo que le venía en gana.
Nostalgia por un asesino
Afortunadamente, el reino de Ungern fue breve. Una serie de escaramuzas con el Ejército Rojo devastó sus tropas; otros, espantados por su disciplina sangrienta, empezaron a escabullirse por el desierto. Para el verano de 1921 su fortaleza de Mongolia parecía precaria, y por fin empezó a contemplar un escape desesperado a través del desierto de Gobi hacia Tíbet. Los pocos oficiales rusos que le quedaban no lo iban a seguir.
Empezaron a trazar un complot para asesinarlo, que falló. Pero al siguiente dia sus tropas también se alzaron. De acuerdo a la leyenda, lo abandonaron en el desierto tal como él había abandonado a tantos otros; en realidad, lo deben haber entregado cuando se encontraron con el destacamento del Ejército Rojo.
En cualquier caso, lo capturaron, montaron en un tren y devolvieron a Rusia para enfrentar juicio. El fiscal que le tocó era un judío siberiano -y Palmer escribe- “le debe haber dado a Ungern una cierta satisfacción resignada”. Rigurosamente impenitente, le parecía divertida la oportunidad de defender sus opiniones radicales en público. Cuando le preguntaron con que frecuencia azotó a la gente respondió: “No lo suficiente”. Sentenciado a muerte, fue ejecutado inmediatamente después del juicio. Los bolcheviques no quisieron arriesgarse.
Finalmente, The Bloody White Baron no es una historia que eleve el espíritu. No hay un final feliz, ni tampoco moraleja. Las cosas no terminaron bien para Mongolia tampoco: ocupada por el Ejército Rojo tras la caída de Ungern, se convirtió en el primer Estado satélite soviético. Los comisarios forzaron a los nómadas a entregar sus rebaños en nombre de la “colectivización”. Los ateos destrozaron templos. Durante la Segunda Guerra Mundial, los japoneses los invadieron; después de Hiroshima, la Unión Soviética reconquistó el país en apenas dos semanas. La vida de Mongolia en el comunismo era tan espantosa, que la era del reinado del Barón Ungern se recuerda como algo positivo para una parte de la población. Mientas investigaba su libro, Palmer se encontró con una mujer de Mongolia, la nieta de un prominente líder religioso cuya familia había continuado idolatrando a Ungern como un dios hasta los 1970.
Pero la aventura mongola de Ungern era más que un espectáculo truculento y merece más que una nota al pie de la página que le han dado en las historias del siglo XX. De hecho, si comparamos con otros eventos en Europa y Asia en ese momento, la historia de Ungern es sorprendentemente vanguardista.
Que compartió ciertas cualidades e inclinaciones con Hitler ciertamente no es coincidencia: la ideología nazi emergió de una mezcla igualmente bizarra de magia, orgullo magullado, teoría conspiratoria, interpretaciones demasiado simplistas de Nietzsche, resentimiento y antisemitismo.
Los bolcheviques de Lenin también compartieron el desdén que Ungern sentía por el Occidente decadente, los mercaderes judíos, la tradición religiosa y los campesinos “atrasados”. Los extremistas europeos, de todo tipo, vivieron la Primera Guerra Mundial como una especie de Apocalipsis, un evento que probaba que la moralidad cristiana había fallado y que algo totalmente nuevo debía colocarse en su lugar. El resultado fue que la violencia y el radicalismo se volvieron más comunes en la Europa de los años 20 y 30 de lo que recordamos.
La historia de Ungern demuestra, una vez más, la profundidad del vacío dejado por el colapso de las sociedades tradicionales, no sólo en Europa sino también en Asia. Con demasiada frecuencia, los occidentales sólo recordamos a las víctimas europeas del comunismo y del fascismo, olvidando que algunas ideologías, promocionando el mismo tipo de violencia masiva, golpearon otras partes del mundo también. Los impulsos genocidas del Japón Imperial, la China de Mao y la Cambodia de Pol Pot fueron reacciones, a su manera respectiva, a la rápida entrada de tendencias modernas y nuevas tecnologías militares, así como en la Alemania de Hitler y de la Unión Soviética. La Mongolia del Barón Ungern era simplemente una incidencia menor de un fenómeno más diseminado.
La visión de Ungern de ser un khan de Asia Central, un “Iván blanco” del norte, no era, finalmente, más bizarra que la visión de Hitler de verse como el dictador de Europa. Stalin también soñaba con la dominación mundial y el Presidente Mao creó un culto casi religioso a su alrededor. Al final, el aspecto más extraño de la historia medio olvidada del reinado sangriento de Ungern en Mongolia no es cuán bizarro le debe parecer a futuros estudiosos del siglo XX, sino cuán terrible y fantasmalmente familiar.
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La estepa como escenario del mal
Anne Applebaum es una columnista de The Washington Post . Su libro Gulag: A History ganó el premio Pulitzer en ensayo en 2004 en ensayo. Fue publicado en castellano por el sello Debate con el título de El Gulag y se consigue en Venezuela; es el estudio más completo y detallado que se debe haber hecho sobre el sistema soviético de campos de concentración desde el famoso libro-denuncia Archipiélago Gulag , de Alexander Solszenitzin. Appelbaum vive en Polonia.
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