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// Rafael Osío Cabrices
PORTADA
Fuera del diván
Venezuela cuenta con una comunidad psicoanalítica muy activa y diversa, que tiene en estos momentos mucho trabajo con sus pacientes pero que, además, busca acercarse a un público más amplio con eventos y con lecturas
Los divanes de Venezuela están ocupados desde la mañana hasta la noche. Están repletas las agendas de los psicoanalistas más solicitados del país. A lo largo de cada día, cruzan sus piernas y escuchan a sus abrumados pacientes describir sus vidas amenazadas por el miedo a la inseguridad, la incertidumbre sobre los cambios o la ruptura de los códigos con los que habían vivido hasta hace poco. Toman apuntes, extienden un pañuelo de vez en cuando y piensan sobre lo que están tratando en sus consultorios. O enseñan, en aulas universitarias o en grupos más pequeños donde los alumnos vienen de toda suerte de oficios. O investigan, en un estudio más o menos a salvo del ruido de una sociedad sacudida hasta en lo más hondo de su psique.
Naturalmente, como ocurre en muchos otros campos de la actividad profesional en esa porción de Venezuela que insiste en pensar por muy oscura que se haga la noche, varios de nuestros psicoanalistas están editando libros. Estos títulos son tan distintos entre sí como diversas son las escuelas de pensamiento psicoanalítico vigentes en Venezuela, que están incluso reguladas por organizaciones gremiales y vinculadas a redes internacionales. Pero hay primordialmente tres grandes corrientes: la freudiana, la junguiana y la lacaniana. A continuación revisamos una muestra de una bibliografía que es en realidad más amplia, aunque muchos de sus libros tengan una circulación muy restringida o estén dirigidos para lectores iniciados.
Sigmund Freud (1856-1939). Este psiquiatra vienés empezó explorando la hipnosis como técnica para tratar la histeria pero siguió de largo para crear varias de las ideas más influyentes del siglo XX. Explicó el valor del subconsciente como campo de significado sobre la personalidad y el influjo de las pulsiones sexuales que sentimos desde la infancia, lo cual lo enfrentó a los factores conservadores de su época. El hombre que describió el complejo de Edipo y otros fenómenos que son referencia continua de la imaginación contemporánea, fundó una teoría que trasciende lo psicológico, una literatura, una técnica y una profesión: el psicoanálisis.
La escuela freudiana es la más antigua y probablemente la que más divisiones internas tiene, a lo largo de un espectro que va desde lo más ortodoxo hacia lo más revisionista. Es este sector el que ha difundido la imagen popular del psicoanalista como un tipo muy parecido a Freud que toma notas en un sillón, así como el que más golpes recibe de los enemigos que el psicoanálisis ha tenido desde su mismo nacimiento. En Venezuela tiene una historia de varias décadas y una considerable solidez académica, así como varios autores que desde su respectivo nicho de interés han ido publicando sus aportes: como Rómulo Lander, Addis Attías o Antonio García, un muy respetado maestro de analistas con un centenar de publicaciones. Médico psiquiatra nacido en Cuba y formado allá, en Chile y en Venezuela, García fundó la Asociación Venezolana de Psicoanálisis y es un experto en la obra del filósofo del psicoanálisis W. R. Bion. En el prólogo a su libro más reciente, Pensamientos en psicoanálisis (una edición privada, de 2008), Gladys Michelena destaca que el mismo García se define como un “pensador”, y en efecto es la impresión que da esta selección de trabajos suyos divididos en tres grupos: uno sobre Edipo y los instintos, otro sobre la docencia del psicoanálisis y otro sobre la obra de Bion. García coloca aquí sus artículos y ponencias –los más antiguos, de 1966- de los más recientes a los más antiguos, con la intención expresa de facilitarle las cosas tanto a quienes quieren leer las versiones más maduras y redondeadas de sus ideas, como a quienes quieren explorar cómo fueron evolucionando desde sus planteamientos iniciales.
Es un libro para especialistas, o al menos para estudiantes de Psicología, no para el público en general. Eso es evidente desde el primer texto, una ponencia sobre Edipo Rey de Sófocles que se expresa mediante la nomenclatura que desarrolló Bion. Pero hay una que otra cosa asimilable por el lector que apenas maneja un léxico básico de psicoanálisis, y que además de enseñarnos acerca de qué clase de complejidades llevamos por dentro las personas, nos muestra cómo piensan y operan los profesionales de esta “disciplina-ciencia”. Cuando cuenta el caso de un yuppie de 33 años que acude a su consultorio cinco veces por semana porque no puede establecer ningún vínculo con una mujer –más allá de coitos rápidos que nunca repite con la misma- , resulta muy interesante ver cómo García lee en ese paciente la presencia de una actitud del bebé que usa a su madre para despojarse de sus propios desechos. En otra nota, escrita como un diálogo, él aconseja a la analista Sandra Kauffman cómo lidiar con una paciente particularmente desagradable.
Otro freudiano, Fernando Yurman, se aparta un poco de la nomenclatura técnica para avecindarse a la capacidad comprensiva del lector no psicoanalista. En otro conjunto de ensayos pero que tienen un solo rasgo unificador, ofrece una muestra de su capacidad para estudiar la cultura a través del psicoanálisis y de su admirable estilo (Yurman es, también, un narrador que ha sorprendido con una novela policial publicada por Literatura Mondadori, La pesquisa final). En La identidad suspendida (Alfa, 2008), este psicoanalista nacido en Argentina examina esa avidez tanto individual como colectiva de encontrar una identidad, así como las frustraciones y conflictos que ocasiona esta búsqueda. Explica con claridad cómo la identidad está en el centro de las preocupaciones de muchas disciplinas, en el combustible de muchos desencuentros, en el núcleo del mecanismo narcisista individual y en la manipulación de las masas. Es cultura, pero también psique; es historia, pero también estética, política y economía. Apunta a las distintas aristas de un problema que se agita con las presiones de la globalización y que atraviesa como una línea de candela el convulso paisaje de la coyuntura venezolana. “Ocasionalmente”, escribe, “la nostalgia de la infancia se cruza con los reflejos de la historia, y notamos que la identidad suspendida en la crisis adolescente mezcla fichas con la identidad suspendida de un universo cultural. (…) Los fantasmas individuales y los públicos cruzan sus pasillos, y a veces se confunden cuando es propicia la circunstancia. El exasperado presente de nuestro país establece dicha circunstancia: una transformación simbólica que solapa las fantasías personales con las leyendas colectivas, y desliza lo privado y lo público a la misma cara del espejo”.
En La identidad suspendida Yurman conecta su disciplina con el arte, mediante sus ideas sobre el autorretrato que también publicó la Fundación Empresas Polar en un trabajo colectivo sobre el tema; en “El llamado del padre”, comenta que Venezuela es un país profundamente enigmático que hasta la crisis política ignoraba de sí mismo esa condición; explica cómo la televisión ha dado identidad a las masas y a las personas, como la pintura lo hizo con nuestras élites en el siglo XIX. Son muchas las aproximaciones a un tema tan amplio como el de la identidad, y Yurman las emprende desde un equipaje de referencias que se alimenta con apetito del arte y de la política.
Otra colección de ensayos en torno a un tema –más difícil aún que el de la identidad, pues es nada menos que el de la condición femenina- es Historias del continente oscuro, de Ana Teresa Torres (Alfa, Biblioteca Ana Teresa Torres, 2007). Tiene un interés especial por representar una oportunidad de los lectores de esta importante escritora venezolana para conocer sus reflexiones en el otro oficio en que se ha destacado, el de psicoanalista. La autora de El exilio del tiempo, entre muchas otras novelas, lo es también de otros tres textos de psicoanálisis. En éste, parte de la metáfora con que Freud definió a la sexualidad femenina –la misma con que en su época se llamaba al África peligrosa e inexplorada- para revisar primero porqué el fundador del psicoanálisis decretó esa imposibilidad de conocer verdaderamente a las mujeres y revisa el debate que eso desencadenó en las décadas siguientes, que incluyó por ejemplo el argumento de que el psicoanálisis tenía una insalvable falla de origen como metodología machista que sólo pretendía justificar el orden patriarcal tradicional.
A continuación, en el capítulo que llama “Galería freudiana”, revisa algunos de los casos más relevantes de las pacientes de la época del maestro y los relaciona con la moral victoriana. El capítulo siguiente reconstruye la historia de las imágenes de género, aquellas que en una cultura determina establecen qué implica ser mujer o ser hombre. Y el tercero es un dúo de perfiles de “mujeres extremas”: un personaje de ficción que es una verdadera cantera para Torres, Emma Bovary, y un personaje histórico que resulta ser el más notable del elenco bolivariano, Manuela Sáenz.
Carl Gustav Jung (1875-1961). Este otro psiquiatra fue discípulo de Freud hasta 1911, cuando se separó de su influencia para desarrollar su propio pensamiento psicoanalítico, que alivia la preponderancia de lo sexual en la psique en incorpora un complejo sistema metafórico, el de los arquetipos, mediante los cuales explica los componentes de nuestra conducta con referencias mitológicas. Jung enseñó que la humanidad no es sólo una aglomeración de individuos únicos, sino una comunidad que comparte un “inconsciente colectivo” de generación en generación. Se interesó también por la alquimia, se hizo construir una torre para meditar y acaudilló el primer gran cisma del psicoanálisis.
Otra escuela muy destacada en Venezuela, que tiene entre sus figuras principales a personalidades como Fernando Rísquez, es la que sigue la psicología de los complejos y los arquetipos de C. G. Jung. El circuito junguiano ha ido alimentando su propio mercado editorial con una intensa producción escrita, que encuentra sus lectores entre los alumnos de los cursos de mitología o psicología arquetipal que brindan algunos de sus más destacados profesionales. Pero aquí también hay enfoques diversos y diferentes grados de atención hacia los asuntos individuales de sus pacientes o hacia los asuntos colectivos de todos nosotros.
Muy conocido y respetado, Axel Capriles dirige la Revista Venezolana de Psicología de los Arquetipos, escribe frecuentemente en la prensa nacional y ha dejado dos libros caracterizados por un examen muy novedoso de las características nacionales, desde su propio lenguaje de junguiano que ha estudiado en el Instituto C. G. Jung de Zürich. Lo hizo en la década anterior con El complejo del dinero, un ensayo sobre la relación de esta sociedad minera e importadora con el “vil metal”, y el año pasado con La picardía en Venezuela (Taurus). Este último libro rastrea en muchas culturas la presencia del arquetipo del pícaro, el trickster, aquel individuo débil pero ingenioso que burla las leyes y los poderes en beneficio propio, y lo rescata para explicar la llamada “picardía criolla”, que descendió de los barcos españoles como ahora lo hace, con envidiable prestancia, de los Hummers de la “revolución bolivariana”.
Capriles dice en este ensayo que esos cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo son muy elocuentes a la hora de definir dos arquetipos presentes en toda la historia y la cultura venezolanas, y que no es nada fácil encontrar en la vivencia cotidiana o en nosotros mismos. El primero, el fortachón que abusa de todos, que cree que todo es suyo y que impone a la fuerza una ley inapelable, rígida e ineficaz para resolver los problemas; el segundo, la criatura desprovista de colmillos, garras y músculos, incapaz de rugir, pero que cuenta con el ingenio necesario para mentir, engañar, burlar, relativizar toda norma, dejar en ridículo al poder que se cree absoluto con su habilidad para salirse, indemne, con la suya. Esas fábulas tradicionales transmiten un modo de vivir y de conducirse que encuentra un perfecto caldo de cultivo en un país que se ha conducido como una mina, donde las leyes valen poco y la riqueza se esfuma con rapidez. Entre la ley inaplicable y con frecuencia absurda que baja del hombre fuerte de turno, y el individuo de inexistente conciencia colectiva que hace lo que sea para procurarse su seguridad y su prosperidad propia, queda muy poco espacio para sostener instituciones que creen legalidad y bienestar para todos. La violencia de todo nivel y la burocracia son manifestaciones de la presencia de esos arquetipos en la psique de la sociedad criolla.
Arquetipos mucho más remotos pero no menos vigentes son los que revisa la psiquiatra y analista junguiana Magaly Villalobos en los libros que recogen sus cursos de mitología y psicología arquetipal, que ha estado impartiendo durante unos veinte años. En Hilaturas (Editorial Tiqué), Villalobos recupera la metáfora central que había planteado en su texto anterior, A puntadas: del análisis de pacientes y de la lectura de la mitología grecorromana desprende hebras con la que compone un tapiz nuevo, poco a poco, hilo por hilo. Hilaturas revisa varias figuras míticas en busca de lecciones sobre cómo podemos imponernos sobre nuestras flaquezas, encontrar nuestro verdadero yo, mirar a la sombra (lo desconocido en nosotros) y avanzar como personas más estables y serenas. Parte primero de varios héroes: Heracles (o Hércules) y sus doce trabajos, un ejemplo de la estructura narrativa del viaje heroico que muestra cómo la épica ha influido en la conciencia humana para afianzar la personalidad; luego, Perseo, quien vence a Medusa como si estuviera luchando con su sombra, el tema que Villalobos desarrolla a fondo en este capítulo; y Teseo, quien se adentra en el laberinto de Creta para pelear con un monstruo semihumano, y es el hilo de la mujer que ama el vínculo emocional que le permite salir de ese infierno. En una segunda parte, la psicoanalista se ocupa de los complejos parentales, otro rasgo fundamental del pensamiento freudiano, donde comienza explicando al lego qué son los arquetipos y el inconsciente colectivo. Termina regresando a las referencias mitológicas para detallar el funcionamiento del complejo materno y el complejo paterno.
Tiene un estilo más accesible para quien no es paciente ni terapeuta junguiano el autor más importante, probablemente, de este sector de la psicoterapia: Rafael López Pedraza. También nacido en Cuba y con estudios internacionales, dueño de una frondosa erudición, López Pedraza es un profesor venerado por varias cohortes de alumnos y un autor con varios libros en el mercado, que parten constantemente hacia las manos de sus discípulos. El sello Festina Lente tiene en unas pocas librerías venezolanas muchos de sus títulos, como Hermes y sus hijos, Ansiedad cultural, Sobre héroes y poetas, Eros y Psique y el más reciente Emociones: una lista. Aquí, en menos de cien páginas, López Pedraza acude a la lista de las emociones humanas que hace Aristóteles en su Retórica y las revisita a la luz del método junguiano y de su visión original, antes de agregar a esa enumeración clásica las dos que le sumó David Konstan en un estudio sobre la visión griega de las emociones, los celos y el duelo, y otras cuatro que él mismo considera esenciales a la hora de fijar una paleta básica de lo que podemos sentir: alegría, tristeza, resentimiento y sufrimiento.
Este ensayo arranca con la idea de que explorar las emociones propias, aceptar su diversidad y aprender a vivir con su riqueza es una vía que no puede perder de vista un psicoterapista, pues ayudará al paciente a aceptar y enfrentar una mayor plenitud de su existencia, sin que su carácter irracional deba ser un impedimento para la comprensión, más bien al contrario. López Pedraza dice que el miedo, la ansiedad y la depresión deben haber constituido la base de la supervivencia de la especie, y recupera los orígenes del término pathos para justificar cómo el estudio de las emociones es de esencial para la ciencia médica. Para él, sumergirse en las emociones, no sólo estudiándolas sino también viviéndolas, es lo que permite una verdadera psicoterapia, algo que en verdad transforme a un paciente.
Jacques Lacan (1901-1981). El tercer tótem de la comunidad psicoanalítica produjo un cuerpo de conocimiento y de metodología también muy asociado a su lugar y su momento, como les pasó a Freud y Jung. En la agitada París de los años 60 absorbió el entonces nuevo pensamiento estructuralista de la filosofía sobre el lenguaje y la estética, y avanzó hacia un conjunto de técnicas y una jerga propia enormemente compleja. Más que sus libros son importantes sus seminarios, en los que estableció su concepto de la transferencia. Creía que el paciente podía llegar por su cuenta a un cierre definitivo de la terapia. Fue un hombre polémico que dejó un legado vivo.
Mucho menos prolífico es el sector de los lacanianos venezolanos, presentes en varias ciudades pero por los momentos muy concentrados en mantener sus ensayos o sus publicaciones periódicas, como las revistas Umbrales y Nudos, dentro del claustro de sus congresos o reuniones de trabajo de la Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano, una entidad regional fundada hace pocos años. Como su maestro Lacan, han preferido editar seminarios que componer ensayos pensados para un texto. Un libro relativamente reciente de un psicoterapista venezolano de orientación lacaniana es Viñetas clínicas y reflexiones teóricas (Editorial Arte, 2003), del psiquiatra Eduardo León Vivas. Como indica su título, es una recopilación de testimonios de terapia y ensayos. Pero ya no se consigue en librerías.
Los libros de Ana Teresa Torres, Fernando Yurman y Axel Capriles se consiguen con facilidad en las librerías comerciales, pero los de Magaly Villalobos, Antonio García y Rafael López Pedraza circulan por establecimientos más especializados, como Noctua, Estudios y Templo Interno, en Caracas.
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