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Socorro,
Milagros

AUTORES Milagros Socorro: “Este país necesita más narrativa”

Rafael Osío Cabrices

Aquellos lectores o autores de diversa formación que suelen mirar a los periodistas con el rabillo del ojo, con una mezcla de desconfianza y desprecio, pueden encontrarse con una gran sorpresa si se acercan a la producción narrativa de Milagros Socorro. Graduada en la Universidad del Zulia (y con maestrías en Historia y Literatura Hispanoamericana), Socorro no sólo ha ido acumulando una frondosa obra en crónica, entrevista y reportaje, más sus artículos de opinión semanales en El Nacional, sino también una línea de relatos para adultos y para jóvenes, con Una atmósfera de viaje (1991, ganador de la Bienal Literaria Udón Pérez), Actos de salvajismo (1997, ganador de la Bienal José Antonio Ramos Sucre en narrativa), y más recientemente, con Alfaguara Infantil, Horripilón tiene miedo y La palabra de la semana (una nueva obra para chamos de que se siente muy orgullosa, Vacas en las nubes, está por salir con el mismo sello del Grupo Santillana).
Dueña de una técnica narrativa impecable, de párrafos ricos pero redondos y un estupendo equilibrio de registros emocionales y componentes descriptivos, Socorro acaba de publicar una novela que en sus primeras versiones, de los años 80, pasaba de las 200 páginas, y que a lo largo de años de revisiones quedó decantada, concentrada en la mitad de eso. “Reescribir, como lo sabe todo el que escribe, es borrar, tallar”, dice ella. Se llama El abrazo del tamarindo y Alfaguara se la arrancó de las manos una vez decidió sacarla de su casa, por fin. Ambientada en un pueblo de Perijá –que no es necesariamente Machiques, donde se crió- cuenta en primera persona las peripecias de una muchacha “de posibles” que pierde primero a su padre, luego a su madre y después su inocencia, con la inapreciable ayuda de una trouppe de sirvientas colombianas que la hacen parte de una orquesta femenina de vallenato. “No la toqué cuando la entregué a la editorial”, cuenta Socorro. “Luis Barrera Linares se encargó de ese manuscrito como una nodriza”.
- Las fronteras son muy ricas, por las historias de migración que tiene, por el encuentro de culturas que ocurre en ellas. ¿No te parece que han sido ninguneadas por nuestra narrativa?
- Toda Venezuela está ninguneada por la narrativa. Quiero decir, no es que los narradores hayan sido indiferentes a su país, sino que el país entero necesita ser narrado, necesita más narrativa. Sí creo que la frontera ha sido ninguneada, no sólo por la narrativa sino por las políticas públicas, por la educación.
- ¿Y crees que hablamos y escribimos con conciencia suficiente del hondo carácter aluvional que tiene este país? En El abrazo del tamarindo, la comunidad flotante de trabajadores colombianos que cruzan la frontera de ida y de vuelta es fundamental.
- Tengo un gran privilegio: nací en el país que es mi pasión. Otros se interesan mucho por países en los que no nacieron, la India, Francia. A mí ninguno me interesa o me apasiona más que Venezuela. Y te estoy diciendo la verdad con esto. Cualquier cosa que yo leo sobre Venezuela tiene para mí un interés mayor que la más espléndida novela de un autor de otro lado. Acabo de leerme dos veces un libro con imperfecciones sobre la huelga de telegrafistas de 1930, de Luis Evaristo Ramírez, que era un periodista y escritor nato, muy bien dotado. Dentro de esa pasión por nuestra historia, lo que me interesa de ese carácter aluvional nuestro, que es común a toda América latina, no es el aluvión étnico sino el mental. Ha sido más fácil para nosotros admitir que somos una nación pluriétnica que el que también somos una nación pluricultural. Yo vengo del Zulia, no de la cultura del puerto de Maracaibo sino de la de Perijá, que es una zona de paso también, donde hemos sido particularmente porosos a la hora de admitir ideas y posibilidades de vivir que vienen de otro sitio. Además de eso, soy una hija de la democracia venezolana, algo que me marcó; tuve unas oportunidades de estudio, gracias a la democracia, que no tuvieron mujeres bellas e inteligentísimas como mi madre y mi abuela, y eso me permitió recibir el otro aluvión mental que es la educación universitaria.
- ¿Pero te parece que estamos del todo al tanto de eso?
- No. Creo que en general los escritores no están del todo conectados con las aluvionidades de Venezuela. Este es un país con historias y mentalidades que necesitan ser narradas. Más ahora. Siento que Venezuela necesita que pasen cosas, ante este telón de abyección que hemos presenciado en estos años, este tremedal paralizante como el que atrapó a Doña Bárbara. Contra eso, hay que presentar nuestra cultura, la cultura de Venezuela. Yo creo que una de las razones por las que publiqué al fin esta novela es para contribuir a esa respuesta de la cultura. El país no está huérfano de narradores, para nada, pero el tremedal de lo político ha tocado a la cultura, sobre todo al cine y a la actividad museística, y requiere su esfuerzo, como el que está haciendo el elenco estelar de historiadores que tenemos, con escritores de solvencia absoluta para la hispanidad como Elías Pino Iturrieta.
- ¿De qué manera el oficio de periodista te ha ayudado a escribir narrativa?
- Yo empecé a escribir ficción a los doce años, cuando tuve mi gran epifanía con Jane Eyre, de Charlotte Brontë, que me conmovió mucho cuando entendí que un libro podía mostrarme el mundo de los adultos, que podía mostrarme otros mundos ajenos a Machiques, y que además podía ser bello hasta el punto de marearme, de quitarme el aire. A los 16 descubrí a Gallegos y a Sabato. Luego me puse a estudiar periodismo, que me ha dado todo.
- ¿Incluso la técnica para narrar? Eso viene sobre todo de la lectura, pero quiero saber si crees que te ayudó el escribir periodismo.
- Yo creo que la escritura es física y que su sede es el cuerpo, como la música, como el acento zuliano que tengo, que lamento no sea más evidente. No he pensado si me ha ayudado a escribir narrativa, pero me fascina el periodismo, la verdad, aunque la mayor parte de las veces tenga que escribir obligado, pues lo que me gustaría es estar leyendo todo el tiempo. Pero cuando me siento a escribir, siento un algo en la garganta que es como estar cantando, y me da tanta comodidad que me digo: menos mal que tengo esto, menos mal que puedo conectarme con unos Otros que esperan que los narre. Además tuve el privilegio que muy poca gente tiene: un maestro, en mi caso Sergio Antillano, que me puso a leer a Hemingway, a ver cine y a saber ver la pintura. Lo otro, es que si algo sabemos nosotros es que la inspiración no existe. Siempre tenemos que publicar.
- ¿No sientes que muchos narradores que no son periodistas piensan que un reportero no es capaz de producir narrativa de calidad?
- Me da igual. Ellos con sus prejuicios y nosotros con los lectores.
- ¿Hay algo que te dé la narrativa, el escribir narrativa, que no te haya dado el periodismo?
- Nada. Ninguna emoción que no haya encontrado escribiendo una crónica. ¿Cuál es la diferencia entre el relato de ficción y la crónica? Años, nada más. Las referencias que atan a una crónica a su momento desaparecen con los años.
- ¿Eres una escritora o una periodista?
- Soy una escritora de prensa venezolana. ¿Qué importancia tiene eso? El país tiene demasiados problemas para estar ocupándose de esas cosas. Lo que me importa es que me perciban como alguien que forma parte de la Venezuela decente, la que tiene mucho que agradecerle al país y nada que cobrarle. Yo le debo mucho, mucho a este país, y espero que la vida me dé la oportunidad de honrar esa deuda inmensa que le tengo. Los creadores de Venezuela no salimos de la nada; le debemos al país habernos sacado del espanto. Somos escritores porque tenemos un país detrás.
- ¿Lo que escribes tiene alguna identidad, haces literatura “femenina”, o “venezolana” o “zuliana”?
- Eso no tiene ningún interés. Para nada.
 
Bibliografía

El abrazo del tamarindo

Si alguien viene a quedarse

Vacas en las nubes

 
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